Las encuestas oficiales coinciden machaconamente en señalar a Bono como
el político más apreciado por los españoles; en esta consideración
influyen, sin duda, las apelaciones patrióticas con que el ministro
gusta de sazonar sus intervenciones públicas, así como su constante
vindicación de los principios constitucionales.
Ayer publicaba Bono en este periódico un artículo que abundaba en la
apología de esa España «que nos garantiza la igualdad de oportunidades»
y denunciaba la artificialidad de las «reivindicaciones identitarias que
tienen poco que ver con las preocupaciones cotidianas de la inmensa
mayoría de los españoles».
Con ese olfato que siempre ha caracterizado su acción política, Bono
proclamaba que había aprendido «a beber de la igualdad y de la
solidaridad que brota a borbotones de la Constitución y del manantial de
las Autonomías».
En apenas un par de líneas, el ministro introducía cuatro palabras de
intención metafórica -beber, brotar, borbotones, manantial- que
comparten una transparente adscripción semántica. Mientras leía su
artículo, me pregunté si esta notoria alegoría acuática no sería en
realidad expresión de un acto fallido; pues, paradójicamente, mientras
el ministro Bono elige el agua como símbolo de un patriotismo solidario,
su delfín Barreda la enarbola como «empobrecedora y aldeana afirmación
de la patria chica» -cito una expresión que el propio Bono utiliza en su
artículo-, reclamando la paralización del trasvase Tajo-Segura.
No era la única ni la más gruesa contradicción latente que transpiraba
el artículo de Bono, peligrosamente decantado hacia una retórica huera
que uno no sabe si atribuir a la incomodidad del político que, por no
agraviar al Gobierno al que pertenece, se instala en el ámbito de los
pronunciamientos campanudos o a la más pura y cínica tunantería.
Si, como predica Bono, un español no tiene que «pedir perdón por
proclamar su pertenencia a una España solidaria e incluyente», ¿por qué
el Ministerio que preside ha ordenado la retirada de la inscripción A
España servir hasta morir que presidía la academia de suboficiales de
Lérida? ¿O es que esa España que custodia -cito de nuevo el artículo de
Bono- «los valores colectivos que nos hacen sentirnos históricamente
juntos y voluntariamente dispuestos a trabajar en un proyecto común» no
merece un servicio tan exigente y valeroso?
Convendría que Bono abandonase por un momento la cómoda poltrona de los
pronunciamientos retóricos y nos explicara sus flagrantes
contradicciones; de lo contrario, acabaremos por considerarlo uno de
esos «apátridas funcionales» a los que execra, quienes, «para dar gusto
a arbitristas de ocasión», dicen una cosa y hacen la contraria.
En otro pasaje inefable de su artículo, Bono se preguntaba: «¿No serán
la vivienda, el empleo, la educación de nuestros hijos, la salud, la
calidad de vida, la felicidad... las verdaderas inquietudes de los
españoles?».
No descenderemos a enjuiciar aquí esa mezcolanza de vindicaciones
pragmáticas y entelequias más o menos quiméricas que Bono enumera
caóticamente (¡esa apelación a la felicidad!); pero sorprende que
nuestro ministro, arrastrado por su propia logomaquia, no recuerde que
ha sido su propio partido quien ha contribuido a anteponer estas
«reivindicaciones artificiales» a las «preocupaciones cotidianas» de los
españoles, en su afán por dar gusto a esos «arbitristas de ocasión» en
quienes ha buscado apoyos parlamentarios o pactos de gobierno.
Para mí que Bono es uno de esos políticos que, por mantener viva la
llama de la popularidad, no vacila en poner una vela a Dios y otra al
diablo; en política, a este frenesí votivo se le denomina demagogia.
Juan Manuel de Prada en
ABC